Rogelio Barufaldi
Desde hace más de treinta años reside en el Barrio La Florida de nuestra ciudad, es cura párroco de la Parroquia “San José Obrero”. En 40 años de ejercicio de la docencia y la poesía ha editado más de una veintena de libros, ha recibido importantes menciones y premios por su obra literaria y social. Escribió los versos de “Solo cien años”, cantata que celebra esa edad del barrio donde vive y trabaja. Ha publicado en 1997, con otros autores El Barrio “La Florida”, 1889 -1989. Historias y testimonios (Editorial Vivir el Barrio, Rosario) Dice de él Antonio Requeni “…acierta a decir esas “pocas palabras verdaderas” que para Antonio Machado debían sustentar la belleza y la verdad del poema. No es frecuente encontrar entre los poetas argentinos una voz noble, tan enamorada de la vida como la suya.”
De su libro “Elogios y homenajes” editado por Homo Sapiens –Rosario hemos escogido estos poemas que vale la pena compartir.
Un recuerdo
Tengo el día en mis manos y la arcilla
de la luz en el río y la montaña,
yo que solo sabía la llanura
que crece por la sangre y el costado
más claro de las horas. El recuerdo
de las noches calladas y mi pueblo
intacto desde el alma hasta las manos
me sube por los ojos, baja a pasos
delgados, se humedece entre las nubes,
rebalsa y se detiene a cada rato
en la unidad del aire trasparente
y el vuelo inusitado de los árboles
que crecen sabiamente en la montaña
Se hizo el pueblo
Para ordenar la vida,
para darle canción a los pedazos
de pan entre las manos
más amigas.
Para tener piedad
del río y las estrellas,
siempre juntos.
Para ahondar las razones de las frutas,
los cereales, las quintas, las cosechas.
Para encontrar el vuelo exacto,
el volumen, la luz depositada
por las madres, al borde de los pájaros
en cada nacimiento.
Para poner de fiesta las señales
que indican en caminos
la curva más cercana
a las noches unánimes e inmensas.
Para saber dormir el aire
entre las casas
como un ángel doméstico, descalzo.
Y para que la empresa de morir
siga siendo un asunto de familia
sencillo, claro, ya pasado en limpio,
para algo de todo eso se hizo el pueblo.
Sepamos habitarlo
plenamente.
Crónica primera de la comunidad (fragmento)
No es la luz ni es un recuerdo.
Sólo es historia: precaución a pedazos,
hilos perdidos, fugaces, quizás quietos
rincones de memorias recortadas
“cuando la vida era una inmensa,
profunda compañía”.
Existíamos juntos en el aire
del barrio
y en el fuego feliz de las comidas,
en la profundidad insomne del silencio
donde todos hablábamos cantando,
recuperando espacio entre los árboles,
aprovechado nubes y buscando
en el vuelo el misterio de los pájaros
que pudiera orientarnos en el rumbo,
colonizar regiones de amistades
y mirarnos las manos tan despacio
que las oíamos crecer como las plantas.
Siempre entre todos: los grandes y los chicos,
la paciencia y la prisa,
como el fuego que hacía de las ramitas
una única y cálida crepitación,
un único sonido de frutas madurando.
Sólo estaban ausentes los cansados,
los viejos, los encargados del discurso,
porque todo era nuevo
Vivir el barrio (de “Solo cien años”)
Vivir el barrio amigos
es compañera suerte
la vida se le juega
se juega igual la muerte.
Vivir el barrio entero
sus calles y sus casas
gorrión de cada día
por sus íntimas plazas
es pampa que se aprieta
en cada árbol que sueña
es mano que se tiende
es lágrima pequeña
es gusto de las casas
es sombra del amigo
es dolor más callado
y es amor como abrigo
es raíz del nosotros
que se aprieta y se suelta
y se ahueca de olvido
en las idas y vueltas.
Vivir el barrio, hermanos
es estirar el río
despamperar el viento
urbanizar el frío
es poner el silbido
rondando en cada esquina
y esconder en los ojos
caserones en ruinas
es peinar el recuerdo
al compás de países
que llegan de una radio
con sus ángeles grises
es encontrar las calles
es buscarse en el puerto
es navegar nostalgias
de los abuelos muertos
es escuchar a los gringos
y sus lenguas extrañas
o entibiarnos las quintas
con Italias y Españas
es recordar criollos
cuadreras y tropillas
y el chirriar de los carros
de arena en las orillas
es olvidar semáforos
desgranados del centro
y transgredir sus rosas
más rojas para adentro
es haber escuchado
a un tren que no regresa
o subirse a algún tranway
donde el recuerdo pesa
es despuntar los árboles
en la fruta sencilla
y amasar lentas noches
que guardan la semilla
es descubrir baldosas
callejones y brillos apagados
vivientes en desnudos ladrillos
es saber de memoria
cada rosa y espina
y adivinar la vuelta
que intenta cada esquina
es poder desvivir
desde un patio el ocaso
y aguantarle a la luna
nuestro sueño payaso.
Es poner a dormir
de grillos toda el alma
y taparse despacio
con la muerte más calma
es ponerse en los ojos
todo el viento y la voz
y esperar bien de barrio
el regreso de dios
y santiguar la vida
más alta con el suelo
y rastrear padrenuestros
de cemento y de cielo.

