Mercedes Gómez de la Cruz
Nací en Rosario, en 1974 y la poesía apareció entre mis cosas sin que me diera cuenta cómo, cuándo, en qué circunstancia. Es probable que haya sido durante la adolescencia después de leer a Pablo Neruda, a Mario Benedetti, o de tanto escuchar canciones, tanto transcribir canciones... Creo recordar que me impuse la forma del poema cerca de los diecisiete años de edad, ya que, hasta entonces, escribía textos a medio camino entre el relato y la poesía. En aquel tiempo, escribir era para mí un acto secreto, pocas personas de mi entorno sabían que lo hacía. Recuerdo que en febrero de 1994 vi en el diario La Capital un comentario que anunciaba una lectura de poesía y narrativa en el hoy inexistente bar literario “Los Tiempos Modernos”.
Aquel primer encuentro con escritores, ilustradores y músicos de edades cercanas a la mía me marcó de alegría. Allí conocí a Andrés Abramowski, Patricia Suárez, Sergio Giocacchini, Andrea Ocampo, Pablo Cabrejos, Nahuel Marquet, Beatriz Vignoli, Pablo Crash Solomonoff y Diego G. Martínez, entre otros, y realicé la primera lectura de mis poemas en micrófono abierto al público. Los encuentros de aquel año fueron fundamentales para mí, no sólo por lo que implicó conocer gente con inteligencia e iniciativas, sino porque eso siempre te da impulso para hacer tus propios proyectos e integrar a los demás. Así comencé a escuchar lecturas de otros y a intercambiar opiniones sobre literatura. Más tarde surgió la revista “Viajeros de la Underwood”, en 1997, que editaba junto a Diego G. Martínez, el dibujante Javier Hernández y Pablo Crash Solomonoff, donde a lo largo de once números fuimos publicando a poetas y narradores tanto de Rosario como de otros puntos del país. Así viajamos y nuestro trabajo comenzó a circular y otros se sumaron al proyecto como colaboradores: María Paula Alzugaray, Eduardo D’Anna, Alejandro Schmidt y muchos más.
Aquella experiencia marcó aún más el camino impensado de la poesía y me llevó a publicar mi primer libro años más tarde (Lo que huye, Rosario, Ed. Los Lanzallamas, Colección “Camalote”, 2003) tras meditarlo y desearlo mucho. Al principio el impulso inspirativo guiaba mi escritura, después de aquel primer libro comencé a trabajar de otra manera, más cercana a la de Picasso, quien decía que la inspiración, cuando llegara, lo encontraría trabajando. Así escribí 100 muñecas y eché a rodar esos poemas con mi propio sello, junco y capulí, en el año 2004. Paralelamente reescribía en otro registro los textos de Ciudad (o Diario de amor), publicado ese mismo año en la antología Dodecaedro de poetas. Mientras tanto también escribía los poemas de Soy fiestera, editado recientemente junto al sello La Creciente, de la ciudad de Córdoba.
Lo mejor de toda esta historia de la poesía es descubrir lo que podemos compartir más allá de toda distancia. He conocido poetas de todo el mundo en diversos festivales y encuentros. He viajado a otros rincones del mundo, como México D.F., o como Bahía Blanca, con mi poesía, gracias a la poesía. Y las emociones compartidas en la palabra y en la lectura de aquellos que voy encontrando en este trayecto son la mejor recompensa a la, para mí, inevitable y solitaria tarea de escribir.
Del libro “100 muñecas” (Rosario, Ed. junco y capulí, 2ª edición, 2005)
Canción de amor
Take on me, Pepe Sánchez,
I’d like to play with you.
Seré tu villana, Pepe,
la que te encierra
y aprisiona.
La que se vuelve buena
por tu mirada irresistida.
Desplomada ante tu aire
despreocupado y febril.
O seré tu 69, Pepe,
la que te besa
al darte la clave.
La que llega a liberarte
de los chinos tontos y malos,
de los rusos ebrios de buen corazón,
de los árabes corruptores y fiesteros.
Dulce dulce Pepe,
I’d like to be your dol
----------------------------------------------------
Se vaciaba
y se llenaba la mamadera
en cada sacudida.
Se vaciaba inclinada.
Se llenaba erguida
y quieta. La boquita de la bebota
recibía, o parecía recibir,
la lechita espesa, recargable
de la biberona.
La Yolly Bell gustaba esos placeres
acostada en el regazo
y se le cerraban los ojitos
de tanto gusto.
----------------------------------------------------
Mi hijita de paño y plástico
lloraba como un motorcito.
Su hermana, pelo de lana,
sonreía, complacida y sádica
ante su desamparo.
La noche esquilaba los abrazos
de esta mamita desamorada
y cansadísima de hacer la tarea,
de tender su cama,
de leer a Poldy Bird y llorar tanto.
La noche se ensañaba con las bebitas
abandonadas por la edad.
----------------------------------------------------
Desaparecía el aburrimiento
peinándolas suavemente. Un moño
para la quequeque morocha,
vincha para la quequeque pelirroja,
y esmero para la quequeque negra.
Siempre me gustaron las muñecas,
en particular las de grueso pelo largo.
Jugar con ellas a la peluquería,
ponerlas bellas, transformarlas.
Darles algo de mi mirada.
----------------------------------------------------
Durante la tarde construía un mundo
en el rincón del cuarto y quería que así
permaneciera toda la noche. Hasta mañana,
creado el mundo. Pero
había que juntar los juguetes,
obedecer el mandato del juego, ese que ordena
recrear y nacer una vez y otra vez y otra vez.
Del libro “Soy fiestera” (Rosario/Córdoba, Ed. junco y capulí/La Creciente, 2006)
aprendí a amar al animal que hay en mí
ese que camina, mira el horizonte,
se oculta para protegerse del predador
y sale a lo inesperado cuando el viento
se lleva su aroma
conozco a mi animal,
lo tengo domado.
vive en mi pecho, no escondido,
junto a mi corazón.
No va a comérmelo
porque está mansito y sabe
que puede salir
cuando no haya qué temer
en el camino.
él juega donde quiera que yo vaya,
así lo tengo distraído
y se divierte en la danza
cuando es oportuno
por eso
su algarabía de fiera
es dulce
y persiste
aunque en la selva conviva con la espina
------------------------------------------------------------------------------------
en el olfato
como en el concentrado
silencio despierto por el golpe
de una palabra
o de una danza
endemoniada
o la caída de un cactus
gigante, estoy
como el descubrimiento
de la selva,
como el descubrimiento del agua
profunda
negra
----------------------------------------------------
Cada día es una fiesta en algún lugar,
procura llevar contigo esa consigna.
Meditando en ello,
mi tortuga y yo celebramos
la luz del mediodía
reflejada en una hoja de lechuga,
un trozo de tomate o zanahoria.
Así aprendió ella los colores,
por eso, cuando visto mi pollera
anaranjada, se confunde y me persigue
dentellando el aire.
Nací en Rosario, en 1974 y la poesía apareció entre mis cosas sin que me diera cuenta cómo, cuándo, en qué circunstancia. Es probable que haya sido durante la adolescencia después de leer a Pablo Neruda, a Mario Benedetti, o de tanto escuchar canciones, tanto transcribir canciones... Creo recordar que me impuse la forma del poema cerca de los diecisiete años de edad, ya que, hasta entonces, escribía textos a medio camino entre el relato y la poesía. En aquel tiempo, escribir era para mí un acto secreto, pocas personas de mi entorno sabían que lo hacía. Recuerdo que en febrero de 1994 vi en el diario La Capital un comentario que anunciaba una lectura de poesía y narrativa en el hoy inexistente bar literario “Los Tiempos Modernos”.
Aquel primer encuentro con escritores, ilustradores y músicos de edades cercanas a la mía me marcó de alegría. Allí conocí a Andrés Abramowski, Patricia Suárez, Sergio Giocacchini, Andrea Ocampo, Pablo Cabrejos, Nahuel Marquet, Beatriz Vignoli, Pablo Crash Solomonoff y Diego G. Martínez, entre otros, y realicé la primera lectura de mis poemas en micrófono abierto al público. Los encuentros de aquel año fueron fundamentales para mí, no sólo por lo que implicó conocer gente con inteligencia e iniciativas, sino porque eso siempre te da impulso para hacer tus propios proyectos e integrar a los demás. Así comencé a escuchar lecturas de otros y a intercambiar opiniones sobre literatura. Más tarde surgió la revista “Viajeros de la Underwood”, en 1997, que editaba junto a Diego G. Martínez, el dibujante Javier Hernández y Pablo Crash Solomonoff, donde a lo largo de once números fuimos publicando a poetas y narradores tanto de Rosario como de otros puntos del país. Así viajamos y nuestro trabajo comenzó a circular y otros se sumaron al proyecto como colaboradores: María Paula Alzugaray, Eduardo D’Anna, Alejandro Schmidt y muchos más.
Aquella experiencia marcó aún más el camino impensado de la poesía y me llevó a publicar mi primer libro años más tarde (Lo que huye, Rosario, Ed. Los Lanzallamas, Colección “Camalote”, 2003) tras meditarlo y desearlo mucho. Al principio el impulso inspirativo guiaba mi escritura, después de aquel primer libro comencé a trabajar de otra manera, más cercana a la de Picasso, quien decía que la inspiración, cuando llegara, lo encontraría trabajando. Así escribí 100 muñecas y eché a rodar esos poemas con mi propio sello, junco y capulí, en el año 2004. Paralelamente reescribía en otro registro los textos de Ciudad (o Diario de amor), publicado ese mismo año en la antología Dodecaedro de poetas. Mientras tanto también escribía los poemas de Soy fiestera, editado recientemente junto al sello La Creciente, de la ciudad de Córdoba.
Lo mejor de toda esta historia de la poesía es descubrir lo que podemos compartir más allá de toda distancia. He conocido poetas de todo el mundo en diversos festivales y encuentros. He viajado a otros rincones del mundo, como México D.F., o como Bahía Blanca, con mi poesía, gracias a la poesía. Y las emociones compartidas en la palabra y en la lectura de aquellos que voy encontrando en este trayecto son la mejor recompensa a la, para mí, inevitable y solitaria tarea de escribir.
Del libro “100 muñecas” (Rosario, Ed. junco y capulí, 2ª edición, 2005)
Canción de amor
Take on me, Pepe Sánchez,
I’d like to play with you.
Seré tu villana, Pepe,
la que te encierra
y aprisiona.
La que se vuelve buena
por tu mirada irresistida.
Desplomada ante tu aire
despreocupado y febril.
O seré tu 69, Pepe,
la que te besa
al darte la clave.
La que llega a liberarte
de los chinos tontos y malos,
de los rusos ebrios de buen corazón,
de los árabes corruptores y fiesteros.
Dulce dulce Pepe,
I’d like to be your dol
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Se vaciaba
y se llenaba la mamadera
en cada sacudida.
Se vaciaba inclinada.
Se llenaba erguida
y quieta. La boquita de la bebota
recibía, o parecía recibir,
la lechita espesa, recargable
de la biberona.
La Yolly Bell gustaba esos placeres
acostada en el regazo
y se le cerraban los ojitos
de tanto gusto.
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Mi hijita de paño y plástico
lloraba como un motorcito.
Su hermana, pelo de lana,
sonreía, complacida y sádica
ante su desamparo.
La noche esquilaba los abrazos
de esta mamita desamorada
y cansadísima de hacer la tarea,
de tender su cama,
de leer a Poldy Bird y llorar tanto.
La noche se ensañaba con las bebitas
abandonadas por la edad.
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Desaparecía el aburrimiento
peinándolas suavemente. Un moño
para la quequeque morocha,
vincha para la quequeque pelirroja,
y esmero para la quequeque negra.
Siempre me gustaron las muñecas,
en particular las de grueso pelo largo.
Jugar con ellas a la peluquería,
ponerlas bellas, transformarlas.
Darles algo de mi mirada.
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Durante la tarde construía un mundo
en el rincón del cuarto y quería que así
permaneciera toda la noche. Hasta mañana,
creado el mundo. Pero
había que juntar los juguetes,
obedecer el mandato del juego, ese que ordena
recrear y nacer una vez y otra vez y otra vez.
Del libro “Soy fiestera” (Rosario/Córdoba, Ed. junco y capulí/La Creciente, 2006)
aprendí a amar al animal que hay en mí
ese que camina, mira el horizonte,
se oculta para protegerse del predador
y sale a lo inesperado cuando el viento
se lleva su aroma
conozco a mi animal,
lo tengo domado.
vive en mi pecho, no escondido,
junto a mi corazón.
No va a comérmelo
porque está mansito y sabe
que puede salir
cuando no haya qué temer
en el camino.
él juega donde quiera que yo vaya,
así lo tengo distraído
y se divierte en la danza
cuando es oportuno
por eso
su algarabía de fiera
es dulce
y persiste
aunque en la selva conviva con la espina
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en el olfato
como en el concentrado
silencio despierto por el golpe
de una palabra
o de una danza
endemoniada
o la caída de un cactus
gigante, estoy
como el descubrimiento
de la selva,
como el descubrimiento del agua
profunda
negra
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Cada día es una fiesta en algún lugar,
procura llevar contigo esa consigna.
Meditando en ello,
mi tortuga y yo celebramos
la luz del mediodía
reflejada en una hoja de lechuga,
un trozo de tomate o zanahoria.
Así aprendió ella los colores,
por eso, cuando visto mi pollera
anaranjada, se confunde y me persigue
dentellando el aire.

