Eugenio Previgliano
Eugenio M. Previgliano nació el 22 de enero de 1958 un día miércoles.
Participó de publicaciones colectivas de poesía, publicó algo de prosa, codirigió la mítica Hoja mensual de poesía, sobre el fin de la última dictadura argentina. Colabora con el cotidiano Rosario/12 y con diversas revistas literarias y no tanto.
Ganó una mención en el Premio Filisberto Hernández ,1994 y en el 2002, una mención honorífica en el Alcides Greca.
Trabajó en música escénica para obras de teatro tocando el piano y /o el saxo.
Por gusto cultiva el jazz y la improvisación. Por producir su digna vida material ejerce como agrimensor, como docente de biofísica y otros oficios. Por escamotear el sentido trágico a la vida ejerce la poesía.
Los que siguen son poemas de su libro Alcohol para las heridas Editorial Ciudad Gótica, de Rosario, primera edición 2004.
I
Yo le hubiera hecho un hijo,
Esto no lo pensé en su momento
pero en unos ratos posteriores de reflexión tranquila
se me ocurre:
yo le hubiera hecho un hijo, hubiera
en un momento de descuido, torpeza o indolencia yo
hubiera aprovechado para sembrar en ella
los gérmenes del despropósito, la hubiera condenado
al infierno de criar durante nueve vidas
a otra persona que es una
parte de ella, le hubiera dado
para el resto de sus días
una preocupación perenne, una inquietud
que en los atardeceres de lluvia
la saque de su melancolía; una marca
suave, inquieta y dinámica para que
durante todos esos días y aún habiéndome olvidado de ella
recuerde que una noche me amó,
que una noche la amé
y que desde entonces
el mundo ha cambiado.
II
Esther:
te escribo estás líneas
porque yo quisiera llegar a ti.
Pero no a ti ahora,
como estás de alegre y dicharachera
en tus casi cuarenta años.
Quisiera llegar a esta del retrato,
sonriente y abrazada
para advertirle que el tiempo
que vela por el mundo entero
tampoco a nosotros
nos dejaría abandonados
en un amor de eternidad.
III
No sé si será cierto
lo que cuentan de la ciudad grande
(tus cabellos largos, lacios y rojos
se pierden en multitudes)
de viajes, amores y sospechas
ya nuestras cartas no podrán hablarte
Sin embargo
nos queda aun un alivio para el alma:
que dondequiera que estés estarás sonriendo.
IV
Yo no conocí una mujer que se llamaba Luisa.
Tocaba
la marcha turca en el tiempo de las re-
voluciones perdidas.
Llevaba casi siempre una
pollera muy negra y sus ojos
eran grandes y oscuros como las noches de Bagdad.
Luisa tocaba mirando las partituras
y algunas veces – las pocas –
movía los hombros con suavidad dudosa.
Pude haberla amado, Neruda
pero no la he vuelto a ver
desde mis tempranos once años.
V
María mirá
lo que se ve en el horizonte, mirá.
Mirá con atención
con los ojitos entrecerrados con una especie
de nube opaca en la mirada turbia mirá
porque si no ves ahora después
el horizonte se pierde.
VI
María mirá tu nombre
mirá otra vez la hoja en blanco,
mirá en tu reloj la hora
mirá el techo,
las innumerables manchas de las paredes
y la comisura triste que hay en el borde de tus uñas.
Mirá María tu nombre
date cuenta que es lo único que has escrito y date cuenta
que a pesar de todos los esfuerzos y de las notas
nunca conseguirás en ninguna hoja
escribir algo que no sea tu nombre.
VII
Mirá María
el mundo es inmenso acaso
mucho más inmenso que el mar
y por eso entonces aprovechá María
mirá el mar, el mundo
que después
el mundo sigue y María pasa.

